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De "LOS TRANSPLANTADOS"

De "LOS TRANSPLANTADOS"


Articulos-Prensa

“LOS TRANSPLANTADOS”  obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine Independiente de Thonon-les-Bains  (Francia) en 1976 y en el mismo año fué seleccionada para el Prix de l’Age d’Or de la Real Cinemateca Belga. Para este premio se seleccionan anualmente 30 títulos escogidos entre toda la producción mundial.
Una Nación de Exiliados
Ascanio Cavallo
El Mercurio
Domingo 11 de Marzo de 2001

Raúl Ruiz rodó “Diálogos de exiliados” en París, a fines de 1974, y a continuación Percy Matas, coproductor de aquélla, dirigió ”Los trasplantados”. Son dos filmes emblemáticos de la enorme producción cinematográfica producida por directores chilenos durante el gobierno militar. Las buenas películas de Ruiz y Matas han tenido un destino poco afortunado en el público chileno.

Por Ascanio Cavallo


Es bien sabido que durante el régimen militar los cineastas chilenos en el exilio produjeron uno de los más variados y voluminosos corpus fílmicos de toda la existencia del cine nacional. Desde luego, en cualquier historia comprehensiva, el capítulo de las películas chilenas en el exilio tendría que decuplicar el número de páginas de lo que se rodó durante el mismo período en el interior de las fronteras. Algunos recuentos, todavía no muy precisos, cifran en 250 el total de cintas de ficción y documentales rodados por chilenos en una gran variedad de países.

Peor aún, hasta es probable que tal masa productiva no se hubiese generado jamás dentro de Chile, ni aun bajo las más optimistas condiciones de subsidio o mercado. Sin embargo, curiosamente el exilio como tal no fue un tema dominante en el grueso de la producción de ficción; más a menudo quedó entregado a los documentales y, en casos contados, a dramatizaciones de denuncia sobre las difíciles condiciones de la vida en tierra extraña.

Por supuesto que en muchas de esas películas se halla, como trasfondo o implícito, lo que Victor Hugo llamaba “el largo sueño del hogar”. Las películas soviéticas de Sebastián Alarcón están plagadas de objetos y sujetos chilenos y Raúl Ruiz construyó muchas de sus fictions d’exile con referencias casi cifradas a lugares de Santiago, Valparaíso y Chiloé. Es un rasgo típico de esa nostalgia paradojal que Antonio Skármeta recrease Isla Negra en Portugal para Ardiente paciencia, mientras que el inglés Michael Radford prefiriese revertir el proceso, mostrando a un Neruda exiliado en Italia en su “remake” El cartero.

Pero el exilio político, en tanto fenómeno existencial y moral, tiene sólo dos grandes cumbres, y supongo que es parte de toda la rareza que se trate de películas que fueron filmadas en sucesión, casi con el mismo dinero y los mismos equipos, y luego olvidadas hasta el borde del extravío. Raúl Ruiz rodó Diálogos de exiliados en París, a fines de 1974, y a continuación Percy Matas, coproductor de aquélla, dirigió Los trasplantados. En una muestra más de la sofisticación con que los franceses protegen el patrimonio audiovisual, una ley especial obliga a los laboratorios a registrar el paradero de los negativos que hayan procesado, aunque quiebren o cierren. Gracias a eso, 25 años después Matas pudo hallar los negativos de ambas películas en un peregrino laboratorio francés, y esa es la razón casual de que hace poco se haya exhibido la obra de Ruiz, sin gran impacto, en circuitos alternativos y con escaso público. La de Matas, una de cuyas copias pasó como un celaje por el Festival de Viña de 1990, podría correr suerte parecida en semanas venideras.

Pero así es a veces el destino de las profecías en tierra propia. Una explicación algo retórica dice que Ruiz no será nunca bienvenido entre los espectadores chilenos porque los retrata con demasiada crudeza; quizás se pudiera decir lo mismo del único largometraje de Matas. Pero creo que más bien se trataba (y se trata) de un cine demasiado adelantado a sus tiempos, antes y ahora, aquí y en la quebrada del ají: un cine para el cual demasiados espectadores no están todavía equipados, ni intelectual ni perceptualmente. La película de Ruiz se basa libremente en Bertolt Brecht; la otra toma pie, con igual libertad, en Alberto Blest Gana. Ideológicamente hablando, la de Ruiz podría ser el anti-Brecht por definición; la de Matas, el anti-Blest. Y sin embargo, ninguna traiciona sus orígenes estéticos: ni Ruiz la perplejidad de Brecht, ni Matas el desgarro de Blest. ¿Paradojas? Por supuesto. Sin ellas, no hay exilio, sino vagabundeo, errancia, aventura, incluso lucha y épica. El exilio, decía Lord Acton, “es la madre de la nacionalidad”. O, en otras palabras, el padre de la paradoja: repulsa y nostalgia, rencor y recuerdo, olvido y memoria, mito y negación. Por todo el doloroso desarraigo que envuelve el exilio, también hay que recordar, como lo han hecho con frecuencia los pensadores postmodernos, que la ideología del hogar ha amparado los crímenes nazis y la locura balcánica, las bombas del IRA y los asesinatos de la ETA.

Quizás la razón principal de que Diálogos de exiliados y Los Trasplantados sean las mejores películas acerca de la diáspora, y a la vez dos de las cintas más importantes de la historia del cine nacional, radica en que estas paradojas no son únicamente su tema explícito – narrativo y dramatúrgico- , sino incluso su método, su sistema de construcción: el aire absurdo, casi pesadillesco, que se respira en ellas es a fin de cuentas el fondo y la forma, el efecto y la causa, el origen y el objetivo.

En Diálogos de exiliados, Ruiz propone una intriga que apenas existe para el espectador, y menos todavía para los personajes. El cantante Fabián Luna, indeciso acerca de los beneficios de la dictadura, es secuestrado por un grupo de izquierdistas que aspira a concientizarlo. Pero Luna nunca comprende que está en esa situación, y sus captores tampoco se lo hacen saber. Toda esta idea volátil y subjetiva sirve de soporte para el desfile de numerosos personajes en los cuales se reflejan las condiciones miserables y alienantes del exilio, los fantasmas de la tierra perdida y las ilusiones del regreso triunfal. Ruiz revierte a Brecht demostrando que el estado de alienación puede no ser sólo el producto de las condiciones materiales históricas, sino también de los fantasmas de la ideología, una idea mucho más sutil, casi inasible, que sólo puede ser explorada eficazmente por la metáfora. Los personajes parecen atrapados en un laberinto retórico tal, que no pueden comprender lo que ocurre a su alrededor. Uno de ellos inicia una huelga de hambre que termina en cuanto consigue trabajo; otro le ofrece a una dama francesa una explicación infumable acerca de la necesidad de solidaridad internacional; otro se entusiasma con la idea de que una homilía del cardenal Silva Henríquez derrumbará al gobierno de la Junta; otro se enfurece contra los edificios que coartan la vista panorámica de París.

Es un repertorio delirante e hilarante, que indiscutiblemente debió poner a prueba la tolerancia autocrítica de muchos exiliados en su momento. Pero hoy es también un testimonio conmovedor – el cine de Ruiz carece de sentimentalismo, por lo que cuesta emplear un lenguaje emocional- , casi trágico, de las patéticas condiciones intelectuales en que muchos chilenos debieron iniciar su destierro, desorientados y errantes, como si el naufragio político del que fueron víctimas hubiese envuelto toda su experiencia humana.

Los Trasplantados desarrolla una historia más estructurada, más dramatúrgica, abarcando un período todavía más complejo y desconcertante. Blest Gana situó su novela entre los chilenos que viajaban a París para mejorar su status social, a comienzos del siglo XX. Matas reprocesó el texto con las personas de derecha que se fueron al exilio voluntario tras el triunfo de Salvador Allende en las elecciones de 1970, augurando toda suerte de calamidades. La conexión entre la novela y su adaptación es menos liviana de lo que parece: acaso sin buscarlo, vincula los dos momentos del siglo que terminó en los que un sector social sintió desprecio y repulsa por lo que el país constituía, mientras al mismo tiempo deseaba ardientemente que alguien cambiase las cosas.

En la película, el matrimonio Valenzuela Barceló (unos geniales Nemesio Antúnez y Carla Cristi) emigra con sus dos hijos a París, en la esperanza de que la ciudad que otrora fue el referente de la oligarquía agraria reconozca sus títulos. Pero ello no ocurre, y los Valenzuela Barceló se ven cada vez más aislados y empobrecidos. Si al principio se burla de la infatuación de una clase decadente (“muy sobrio, muy bien, muy chileno… y muy inglés también”, dice el padre ante el mausoleo de un familiar remoto), Matas extrae sin embargo una extraña nobleza de sus personajes a medida que progresan en su ruina.Cuando adviene el golpe de Estado que han estado esperando por largo tiempo, la familia ya está quebrada: los hijos han tomado distintas opciones políticas y personales, y los padres no están seguros de lo que les espera en Chile, a pesar de su prematura alegría por la asonada militar. Cuando por fin se prepara para regresar, el matrimonio Valenzuela Barceló es extrañeza pura: tan ajenos al nuevo Chile como lo eran en la vieja Francia; tan anómalos como los nuevos exiliados, ahora de izquierda, que comenzaban a llegar en torrente a la metrópolis francesa.

Como Diálogos de Exiliados, Los Trasplantados tiene extensos pasajes en español y otros tantos en francés, reflejando de modo indirecto la situación de terrae nullius en que fueron producidas; ni chilenas ni francesas, ambas películas sólo tuvieron en la cultura europea lo que Hamid Naficy, teórico del cine del exilio, ha llamado “espacio intersticial”. El lenguaje fílmico de ambas películas parece una respuesta a esa situación y proporciona una curiosa visión acerca del poder del cine y de la esencial ambigüedad de sus técnicas. En Diálogos de Exiliados hay un extensísimo plano continuo, puntuado por puertas que se abren y cierran, que registra las contradicciones del estúpido Fabián Luna. En otro plano de parecida duración, en Los Transplantados, la hija de los Valenzuela Barceló oye el testimonio de una amiga acerca de la captura y tortura de su pareja bajo las manos de los servicios de seguridad tras el golpe. En un caso, la continuidad del plano origina la distancia, la ironía, el sentido crítico; en el otro, restituye la intensidad de la confesión, su dramatismo, su dolor inacabable. Ninguno de los dos tiene un valor “neto”; ambos funcionan sólo en su singular contexto, como las notas de una sinfonía.

Diálogos de Exiliados es una obra áspera, irónica, un tanto feroz. Los Trasplantados, más piadosa, comunica una tristeza desgarrada aun en sus personajes menos simpáticos. Pero aunque de seguro no se lo proponían, Ruiz y Matas retrataron con esas dos películas un gran drama colectivo, quizás el mayor del Chile del siglo XX: una nación dividida, envenenada por sus ilusiones retóricas y narrativas, condenada a extrañarse, por la razón o la fuerza, por la izquierda o por la derecha, por miedo o por coraje, pero perdida siempre en sus sueños de identidad. El exilio de la UP, el exilio de los militares, fueron, si se sigue la lógica no lineal de este díptico, metáforas o encarnaciones de esa división irremontable. Y acaso porque metáfora significa en su origen etimológico tránsito, desplazamiento (en la Grecia de hoy metaphor puede querer decir “autobús”), el cine sobre el exilio constituye a la postre la traducción más vívida de los años de fuego de Chile.

 

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